El derecho de propiedad intelectual: el difícil equilibrio entre intereses individuales y colectivos

En un mundo cada vez más globalizado y que se mueve a partir de intereses económicos, el derecho de la propiedad intelectual ha adquirido cada vez más protagonismo teniendo que esbozar una legislación en que exista un equilibrio para proteger el patrimonio individual de los particulares así como las necesidades colectivas de la sociedad.

El derecho de la propiedad intelectual en México deriva del artículo 28 constitucional, el cual en una primera instancia prohíbe las prácticas monopólicas, pero posteriormente establece una excepción al aclarar que los privilegios temporales que el Estado concede a autores o inventores para explotar exclusivamente su invención u obra no constituirán prácticas de esta naturaleza. De dicho artículo se desprenden cuerpos normativos que regulan esta rama jurídica como lo son La Ley Federal del Derecho de Autor, Ley Federal de Propiedad Industrial y Ley Federal de Variedades Vegetales principalmente.

Por su parte, también la fracción XV del artículo 89 constitucional faculta y obliga al presidente de la República a conceder privilegios exclusivos por tiempo limitado a inventores, descubridores o perfeccionadores pertenecientes a alguna disciplina específica. Estos artículos conceden este privilegio de exclusividad sobre una creación sin que deje de ser un monopolio, pero los clasifica como si se tratara de «monopolios temporales y legales». En menor medida, pero también con una relación importante, los artículos 3, 4 y 6 constitucionales se relacionan con la propiedad intelectual dado que garantizan el derecho a la educación, así como acceso a la cultura, información e intercambio de ideas y al conocimiento, algo en lo que la producción de obras artísticas juega un papel relevante.

El fundamento del derecho de la propiedad intelectual consisten en otorgar monopolios temporales al creador de una invención o una nueva obra que genera valor social en la comunidad y que, por ende, se le recompensa otorgándole la titularidad para explotar de manera exclusiva la nueva creación como premio por haber producido algo que genera un bien a corto o largo plazo para la sociedad.

La lógica con la que se mueve esta disciplina jurídica parte de la premisa de que una persona que desee crear un invento o una nueva obra, muy probablemente tenga que invertir de su propio tiempo y dinero para la creación del mismo, por lo que al momento de aceptar el riesgo que ello implica; lo más probable es que si cuenta con un incentivo como lo es la aspiración de tener una protección legal que le permita ostentar la exclusividad sobre la explotación de la nueva creación, no abandone la intención de crear ya sea la obra o el nuevo invento. Así, la noción del monopolio temporal funciona como incentivo y recompensa al mismo tiempo.

La creación de nuevas tecnologías es una herramienta que permite asegurar la prosperidad y competencia económica dentro de un país, por lo que el Estado debe fomentar mecanismos para permitir que esto suceda. En cuanto a la creación de nuevas obras artísticas, favorecen a la sociedad puesto que permiten garantizar el acceso a la cultura, información, conocimiento y a la educación de la comunidad, misma razón por la que deben existir leyes que fomenten la expansión de la riqueza cultural de un país. Podríamos decir que mientras la propiedad industrial fomenta la investigación, tecnología y el desarrollo, el derecho de autor fomenta la creatividad y la cultura.

Existen diferentes tipos de protección de acuerdo a la naturaleza de la nueva creación. Cuando estamos hablando de una invención (tiene que ver ser forzosamente algo novedoso y de aplicación industrial), por ejemplo, un nuevo aparato o un medicamento, éste será protegido por una patente, que garantizará que el creador tenga la posesión exclusiva de explotar el invento (puede explotarlo él mismo o licenciarlo a terceros para su explotación) durante 20 años y, una a vez que termine ese periodo, pasa al dominio público. De modo que durante este lapso de tiempo toda persona que quiera utilizar la invención tendrá que solicitar el consentimiento del titular de la patente pues en caso de no hacerlo será sancionado. Lógicamente, durante esos 20 años el creador percibirá las ganancias que genera la nueva invención.

Cuando se trata de obras artísticas, literarias, musicales, cinematográficas y demás; la creación será protegida bajo la figura del derecho de autor. Esto significa que mientras esté vigente la protección que dura 100 años más la vida del autor, el material será oponible a terceros de modo que no puedan distribuir, modificar, comerciar o realizar cualquier actividad que invada  la obra sin la autorización del autor y sin que éste perciba una remuneración económica cuando ésta sea utilizada para cualquiera de los supuestos anteriores. Por ejemplo, hoy en día quienes han llevado a cabo diversas adaptaciones de obras clásicas como «Romeo y Julieta» u «Orgullo y Prejuicio» no tienen que pagar regalías a los herederos de Shakespeare o Austen pues son textos que ya están en el dominio público, pero quienes han realizado adaptaciones de obras recientes como «Harry Potter» tienen que contar con la autorización de J.K. Rowling al estar protegida por derechos de autor.

Existen otros tipos de protección como lo son modelos de utilidad, dibujos y diseños industriales, variedades vegetales, secreto industrial, fórmula secreta y signos distintivos (estos 3 últimos  operan bajo otro lógica, ya que no pasan al dominio público y la exclusividad no caduca en tanto se cumplan ciertos supuestos), pero en general la patente y el derecho de autor son las figuras más importantes.

Por lo tanto, a estas alturas podemos vislumbrar que la visión de la propiedad industrial es generar prosperidad a largo plazo para la sociedad, aunque en un primer momento tenga que privilegiar el patrimonio e intereses particulares, en este caso los del creador de un invento u obra, en contraposición con las necesidades colectivas de la sociedad.

Además de los productores y consumidores de estas creaciones, existe un tercer actor que son los intermediarios, que vienen siendo representados por disqueras, industrias, casas productoras, editoriales, farmacéuticas o cualquier tipo de empresa que se encargue de llevar la creación a disposición del público y es ahí donde radica gran parte de la polémica de la legislación en propiedad intelectual. Dado que se entiende que una sola persona (refiriéndonos al creador) difícilmente tendrá la capacidad de llevar su creación a todas las personas o producir la cantidad suficiente de un invento para que alcance una gran escala, la ley prevé que los titulares puedan licenciar los derechos de exclusividad para que terceros como una editorial de libros o una fábrica, puedan llevar a cabo la actividad de llevar el bien a la sociedad y producirlo de manera masiva.

Queda evidente así el interés de las empresas en hacer cada vez más rígidos los sistemas de protección a patentes o derechos de autor dado que pueden tener un monopolio legítimo sobre un bien que les genera riqueza durante un determinado lapso de tiempo, en que ningún otro actor podrá invadir una obra o hacer uso de cierta tecnología de modo que puedan consolidar su presencia en el mercado.

Veámoslo desde esta perspectiva: en tanto que un laboratorio farmacéutico mantenga la patente de un medicamento, ninguna otra empresa farmacéutica podrá producir ese medicamento hasta que concluya el lapso de protección con el que pasa el dominio público. En el caso de una obra literaria, por poner un ejemplo, en tanto que esté vigente la protección del derecho de autor, solo la editorial que posea los derechos de la obra podrá distribuirla/comercializarla y hasta que se agote el lapso de la protección, ninguna otra editorial podrá hacer uso del contenido de tal obra.

Afortunadamente, la ley prevé ciertas excepciones en ambos supuestos dado que el derecho de exclusividad sobre un medicamento ante una contingencia médica se anula dado que se entiende que en ese escenario es más importante garantizar el derecho de acceso a la salud en la población. Así mismo, en el caso de obras artísticas, hay ciertos supuestos en que las personas pueden utilizar el contenido de una obra sin que posean la titularidad de ésta con el fin de garantizar el derecho de acceso a la cultura, educación y conocimiento, aunque tiene que ser con fines muy concretos.

Como sucede habitualmente en el derecho económico, el derecho de propiedad intelectual manifiesta una contraposición con el derecho de competencia económica, ya que mientras uno concede monopolios, el otro busca combatir las prácticas monopólicas. Así mismo podemos entender que la propiedad intelectual favorece bienes individuales, propiedad privada y un interés privado en tanto que el dominio público tiene más una función de garantizar derechos sociales, el bien común e interés público de la sociedad.

Siempre habrá una tensión entre el creador y la comunidad, pues en ninguno de los casos estamos hablando de derechos absolutos. Si bien hay que tomar en cuenta que la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos contempla a la propiedad intelectual como un derecho fundamental en su artículo 27, el cual enuncia que toda persona tiene derecho a la protección de los derechos materiales y morales sobre producciones científicas, literarias o artísticas de las que sea autora.

Claro que tampoco podemos irnos a los extremos ya que tanto hacer sumamente rígida la protección a la propiedad intelectual o flexibilizarla de manera excesiva sería contraproducente para la sociedad. Cuando hay una muy discreta protección a la propiedad intelectual no existe esa aspiración de los inventores por fomentar la investigación, la creatividad o el desarrollo tecnológico de modo que es difícil que se genere valor social a la comunidad afectando el bien común de sus habitantes.

También pensemos que en los casos más severos como medicamentos o artefactos industriales de vital relevancia (como el motor de un avión) sería negativo que cualquiera pudiera fabricarlos cuando todavía no exista un dominio de la técnica, pues es de gran relevancia el hecho de que el creador esté involucrado en la fabricación durante los primeros años de la comercialización para que una vez que se tenga un total manejo de la técnica, ésta pase al dominio público y genere ese bien social que pretendía en un inicio. A fin de cuentas, una de las condiciones para que se le otorgue la patente al creador es que divulgue el conocimiento de modo que pueda estar al alcance de todos una vez que sea dominio público.

Analizando la otra cara de la moneda, una excesiva protección a la propiedad intelectual frustraría la creación de nuevos inventos puesto que prácticamente provocaría que cualquier creador tuviera que solicitar un permiso cada que desee desarrollar una creación que invada algún bien protegido por propiedad intelectual, sin mencionar que no podría aprovecharse el dominio público que no solo incentiva a las nuevas creaciones, sino que muchas éstas se nutren de patentes ya vencidas para generar ese bien social.

Con obras artísticas sucederían lo mismo, cuántas adaptaciones de novelas o canciones que ya están en el dominio público no podrían salir a la luz puesto que se tendría que pagar por los derechos para utilizarlas o contar con el consentimiento los titulares de estos para hacerlo. Probablemente no se podría hacer un remix de una sinfonía clásica de Beethoven o no se podría llevar la historia de Drácula* (la cual recientemente pasó al dominio público) las tantas veces que se ha contado esa historia en la pantalla grande.

Aquellos países con leyes de propiedad intelectual más desarrolladas han experimentado un mayor crecimiento económico desde la década de los 90`s, esto es porque el sistema de propiedad intelectual se traduce en un entorno con mayor desarrollo tecnológico y económico atractivo para la inversión extranjera, permitiendo la transferencia tecnológica e incentivando la innovación local, a fin de cuentas se está recompensado a alguien que aportó con un bien que no se tendría de no haber sido por la motivación del creador. La propiedad intelectual favorece la prosperidad y bienestar de un país aunque sus efectos no se resientan en un primer momento, pero que termina siendo positivos siempre y cuando no se mermen los derechos colectivos o fundamentales de una comunidad en favor de los intereses individuales, más ahora que las leyes de esta rama del derecho se van expandiendo al mundo del internet, tecnologías de la información e incluso de la bioética.

Víctor López Velarde Santibánez. Estudiante de la licenciatura en derecho de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

NOTA: Las opiniones y datos contenidos en este documento son de la exclusiva responsabilidad de su(s) autor(es) y no representan el punto de vista del CIDE como institución.

______________________

*Existe un caso emblemático con la obra de Drácula, pues en 1922 el cineasta alemán Werner Herzog hizo una adaptación de dicha novela sin que se le concediera los derechos de autor sobre la obra, que en ese entonces los poseía la viuda de Bram Stocker. Como los derechos no les fueron cedidos, el director tuvo que cambiar los nombres de los personajes y parte de la historia, pero dada la similitud con la novela original, la viuda de Stocker demandó a la producción por infracción de derechos de autor y ganó el juicio. Como resultado, el juez ordenó destruir todas las copias de la película, aunque afortunadamente algunas de éstas fueron escondidas, pero como la mayoría eran de muy baja calidad, nunca se pudo recuperar la película en su versión original, por lo que actualmente solo se cuenta con una versión aproximada de lo que fue originalmente dicho largometraje. Irónicamente, dado que el filme alemán nunca fue protegido por derechos de autor, Nosferatu: El Vampiro (así se tituló a la película) es de dominio público, lo que ha permitido que cualquier casa productora o particular pueda sacarle copias para ser distribuida.

(Visitado 20.534 veces, 1 visitas hoy)