El lado invisible del equilibrio constitucional

El Constitucionalismo nace del supuesto de que, dada la posibilidad, se abusará del poder. Para impedir esto, es necesario un gobierno constitucional: un sistema de control donde el Leviatán se gobierne y limite a sí mismo. Lo anterior, tiene distintas fórmulas. Montesquieu propone que la separación de los tres poderes es una forma de dividir el poder para llegar a la libertad política: cada departamento debe mantener al otro en su lugar.[1] Hamilton también aporta a esta misión: para él, el método para limitar el poder despótico es, además de la división planteada por el jurista francés, un sistema donde los poderes se controlen entre ellos por medio de pesos y contrapesos, control constitucional y poder de veto.[2]

En adición, Madison argumenta que, para fragmentar el poder, es necesaria la independencia del poder judicial;[3] en este sistema, nadie está por encima de la ley. También, él expone que la extensión de la República es indispensable para que ningún grupo de la sociedad pueda estar eternamente en una minoría, ya que existe la propensión del gobierno popular a apoyar los intereses de la mayoría;[4] divide y vencerás. En este sentido, el federalismo es un sistema de elección indirecta para filtrar la voluntad popular y, con ello, prevenir la tiranía de la mayoría.

El partidismo era un posible riesgo para el gobierno libre. Según los federalistas, el faccionalismo es un gran peligro para la supervivencia de la República, puesto que cancela el principio de soberanía popular.[5] Aun así, existe una visión virtuosa de los partidos, la cual no fue estudiada por estos autores por ser un fenómeno reciente. Esta visión se debe a que ha sido posible llegar a un equilibrio constitucional estable con el sistema de partidos. Pero ¿cómo fue posible? El equilibrio de un gobierno moderado, hoy en día, depende de dos dimensiones: la de instituciones formales (previstas por los arquitectos del gobierno constitucional) y de las informales (nunca escritas, pero perceptibles). El presente escrito defiende que, actualmente, con el gobierno de partidos, las instituciones informales son necesarias para que las formales puedan funcionar; sin ellas, no sería posible sostener el equilibrio constitucional debido a que las formales han perdido su peso.

Primeramente, es pertinente discutir que las fórmulas constitucionales formales no pueden ser las propuestas por los Federalistas. La formación de partidos parte de la eliminación informal de la división de poderes, ya que un partido contiene, en sí mismo, al ejecutivo y al legislativo. Por ello, puede que esta ruptura de los cimientos construidos por los arquitectos del sistema de pesos y contrapesos cambie cómo debe entenderse la tiranía de la mayoría y la manera en la que se constituye un equilibrio constitucional estable.[6] De esta manera, los partidos pueden colonizar los poderes y, con ello, romper con el orden constitucional. Con base en la curiosidad matemática de las votaciones (ganador Condorcet)[7], los propios partidos políticos diseñan estratégicamente las reglas electorales para moldear el sistema electoral y, así, poder ganar las elecciones, o bien, puestos políticos importantes. Por ejemplo: si un partido está en un sistema bipartidista, a éste le conviene el sistema electoral basado en la mayoría relativa ya que las opciones minoritarias desaparecen; en un sistema multipartidista, el partido preferirá un sistema de mayoría absoluta. Así, los partidos políticos moldean las fórmulas electorales y, una vez en el poder, se presenta el problema de la facción: el ganador Condorcet, que representa a una minoría, gobernará. De esta manera, la concepción que tenían los federalistas sobre los partidos no aplica en la actualidad: los partidos pueden colonizar los poderes por vías totalmente institucionales.

Es posible pensar en otros mecanismos constitucionales que propusieron los arquitectos, tales como los puntos de veto y los pesos y contrapesos. Con respecto a los constreñimientos efectivos al poder ejecutivo por medio de los puntos de veto, esto se anula en la política de masas donde los partidos fusionan al legislativo y ejecutivo en un mismo cuerpo. También, las facultades de vigilancia mutua de los poderes se alteran con la formación de partidos: por ejemplo, en un sistema presidencial, el presidente controla al partido y, en uno parlamentarista, el partido controla al presidente. Así, el partido puede colonizar el poder ejecutivo, o bien, el ejecutivo puede tener control sobre el legislativo. Siguiendo esta línea de pensamiento, es posible argumentar que un poder imposible de colonizar por los partidos es el judicial y que éste es quien mantiene el equilibrio. Esto, debido a que su diseño (la solución federalista) es la completa independencia de este poder: los jueces no son elegidos democráticamente y tienen la última palabra sobre una ley que aplique al conjunto de la sociedad. Sin embargo, como Hamilton argumentaría, el poder judicial es la rama menos peligrosa.[8] Es por esto por lo que la colonización del ejecutivo y el legislativo de los partidos es un tema preocupante que los mecanismos constitucionales “viejos” no pueden controlar.

Ahora bien, el escrito identifica tres factores que hacen al equilibrio posible. El primero de ellos son las reglas formales, como la división de poderes, pesos y contrapesos y puntos de veto; el segundo, la sanción social y la capacidad de acción colectiva por parte de la sociedad; por último, la internalización de los valores del constitucionalismo. Con respecto al primer factor, como se discutió anteriormente, a pesar de estas reglas formales, los poderes más fuertes podrían ser colonizados. Por otro lado, los últimos dos factores son instituciones informales fuertes que hacen que las formales funcionen y, así, sea posible llegar a un equilibrio constitucional.

Las instituciones informales son reglas sociales compartidas, usualmente no escritas, que son creadas, comunicadas y aplicadas fuera de los canales oficiales de sanción; aun así, hay una sanción impuesta de manera extra-constitucional.[9] En este sentido, las instituciones informales moldean el comportamiento por medio de expectativas coordinadas: lo que dictan las instituciones formales, lo refuerzan las informales.[10] Las expectativas hacen cumplir la ley informal por medio de una sanción social.[11] Cuando estas expectativas dejan de ser compartidas, hay desinstitucionalización. En este sentido, la sanción social funciona como un mecanismo informal de cumplimiento que puede remplazar o complementar a las instituciones formales: la mera amenaza o idea de que la sociedad puede también violar la ley y hacer la revolución mantiene el equilibrio constitucional. De tal manera, si es que un ganador Condorcet llega al poder y practica políticas que afectan a la mayoría, entonces las masas podrían movilizarse y destituirlo. Por ello, la idea impalpable de amenaza crea incentivos para el gobernante de ser representativo.

Asimismo, entre los factores presentados, la internalización de los valores del constitucionalismo es otro mecanismo informal esencial para el equilibrio. Los procesos electorales y la competencia de partidos políticos (los cuales son instituciones formales que pueden ser alteradas en un sistema de partidos) no serían posibles sin la expectativa política recíproca de que hay ganadores y perdedores: si bien el objetivo del partido es ganar, aun al perder, aceptará su derrota. En este sentido, la convención de que todo concursante tiene el mismo valor en la arena electoral hace funcionar a las elecciones; de lo contrario, nadie aceptaría su derrota y se levantaría ante el ganador. Otro ejemplo de la internacionalización de los valores constitucionales puede ser con respecto al poder ejecutivo. Éste es juzgado por el poder judicial; sin embargo, él tiene el poder de castigar: si él viola una ley, él tiene que castigarse (lo cual sería ilógico de hacer). El ejecutivo, con este poder, parecería estar por encima de la ley. No obstante, debido a que internaliza los valores constitucionales, recurre a mecanismos de autocontención, donde, aun cuando el ejecutivo tiene el poder de la espada, éste decide limitarse. En la medida en que hay poder político de por medio, una relación de poder es una institución informal.[12]

En suma, el equilibrio constitucional no puede sostenerse sólo con instituciones formales: éstas no evitan que un partido colonice ambos poderes y gane estratégicamente las elecciones por los votos de una minoría. Por ello, como fue demostrado, son necesarias las informales. Si no existiera la amenaza de acción colectiva y la internalización de los valores políticos de competencia partidista y autocontención, no podría existir un equilibrio constitucional y, con ello, la visión “positiva” de los partidos. Las instituciones no escritas sobre las prácticas políticas son un pilar etéreo de la convención de que los partidos son parte de los valores democráticos, un sinónimo de libertad política, o bien, la expresión de nuestra voluntad general. El mal de la facción es líquido, se escapa por cualquier abertura. La propuesta federalista espesaba el faccionalismo, volviéndolo menos líquido y notorio. El lado invisible de las instituciones aceptó la liquidez de este fenómeno y, más bien, selló los agujeros de la estructura construida por los arquitectos. En pocas palabras: el error federalista está en no considerar el papel fundamental de las instituciones informales.

Natalia Ballado. Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales del CIDE.

NOTA: Las opiniones y datos contenidos en este documento son de la exclusiva responsabilidad de su(s) autor(es) y no representan el punto de vista del CIDE como institución.

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[1] Baron de Montesquieu, Del Espíritu de las leyes, (México: Editorial Porrúa, 1982), capítulo I.

[2] Hamilton, Madison y Jay. El Federalista. México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

[3] Hamilton, Madison y Jay. El Federalista. México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

[4] Hamilton, Madison y Jay. El Federalista. México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

[5] Hamilton, Madison y Jay. El Federalista. México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

[6] Donde el Estado sostiene el orden legal apegado él mismo a éste Barry R. Weingast, «The Constitutional Dilemma of Economic Liberty», Journal of Economic Perspectives 19 (2005).

[7] El ganador Condorcet es la opción más aceptable para una mayoría social. Sin embargo, dependiendo en la manera en la que se constituye el sistema electoral, este ganador es diferente.

[8] Hamilton, Madison y Jay. El Federalista. México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

[9] Gretchen Helmke y Steven Levitsky, Informal Institutions and Democracy, (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 2006).

[10] Cabe mencionar que también puede darse una contradicción entre las instituciones informales y las formales. Helmke y Levitsky lo mencionan en su artículo.

[11] Gretchen Helmke y Steven Levitsky, Informal Institutions and Democracy, (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 2006).

[12] El texto previamente citado de Helmke y Levitsky mencionan maneras adicionales en las que las instituciones informales ayudan al funcionamiento del buen gobierno.

Bibliografía

Hamilton, Madison y Jay. El Federalista. México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

Helmke, Gretchen y Steven Levitsky, Informal Institutions and Democracy. Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 2006.

Montesquieu, Baron de. Del Espíritu de las leyes, México: Editorial Porrúa, 1982.

Weingast, Barry R. «The Constitutional Dilemma of Economic Liberty», Journal of Economic Perspectives 19, 2005.

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