El servicio público como valor social

El servicio público es considerado en México como una actividad indigna, sinónimo no sólo de corrupción e incompetencia, sino también de abuso, de desconfianza, de irresponsabilidad y de impunidad. Desafortunadamente existe una larga lista de personajes infames que confirman esa percepción.

¿Cómo es que llegamos a este grado de descomposición? Me parece que la respuesta está en el hecho de que en México menospreciamos el servicio público, del cual dependen finalmente todas y cada una de las decisiones y acciones que fijan el rumbo de nuestro país. Perdimos de vista que la calidad de nuestro presente y de nuestro futuro está ligada a los estándares de éste.

Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de servicio público? Nuestro artículo 108 constitucional nos brinda una definición de lo que debemos entender por servidores públicos. En la misma bolsa están todos: los que tienen a su cargo el trabajo político y los que tienen a su cargo el trabajo técnico. Lo mismo los representantes populares, que los juzgadores y los funcionarios públicos, los empleados y los trabajadores del Estado. Sin embargo esta definición no nos alcanza para conceptualizar qué debemos entender como sociedad por servicio público.

¿Por qué es importante diferenciar servicio público de servidores públicos? Equiparar ambos conceptos facilita la atribución falaz de defectos humanos a una actividad que per se no los tiene y que contradirían su esencia. El servicio público constituye una de las actividades más enaltecedoras que cualquier ciudadano pueda abrazar. Dedicar la propia vida para hacer una diferencia positiva en la vida de los demás miembros de la sociedad en búsqueda del bien común, es un propósito de una nobleza indiscutible.

El servicio público constituye uno de los pilares sobre los cuales se construye, permanece y progresa la sociedad. Simplemente de éste depende el ejercicio del gasto público, el cual constituye el mayor y principal ejercicio de soberanía en un país; es el acto que define las prioridades de gobierno y que transforma el discurso vacío en actos concretos. Las decisiones públicas requieren ejecución y la ejecución corresponde a los servidores públicos.

Luego entonces el servicio público debiera ser concebido por la sociedad dentro de una escala más alta que la de una actividad ordinaria: debiera reconocerse como un valor social, ajeno a los servidores públicos y a sus actos.

Al igual que otros valores sociales como la paz, el respeto, la tolerancia, la dignidad humana, la igualdad y la racionalidad, -cuyo sentido es mantener equilibrio, estabilidad y orden en la sociedad-, el servicio público como aspiración colectiva es motor del progreso social en el sentido más amplio posible. Idealizar el servicio público brinda una guía a nuestra aspiración como sociedad sobre lo que debe ser.

Desdeñar socialmente el servicio público impide que se establezcan esquemas normativos y sociales que lo protejan, -no sólo en su ejercicio-, sino en su finalidad y significado. Facilita que se le tenga presente solamente por sus resultados y no por sus propósitos.

Lo que hoy padecemos en México son las consecuencias del desprecio del servicio público. Por un lado, vemos el anti-servicio público, personificado por individuos carentes de todo compromiso con el bienestar social o bien común, de ideas para mejorar las condiciones de los ciudadanos, de preparación para la toma de decisiones y de valor para asumir las responsabilidades que vienen con los cargos, aunado a su determinación de utilizar el servicio público como un medio para la satisfacción de sus intereses personales, en otras palabras: corrupción.

Por otro lado, el efecto natural desde la sociedad es el repudio, el cual implica una generalización apresurada sobre todos los servidores públicos –buenos y malos-. En consecuencia, no se reconoce ni se premia el esfuerzo, la constancia o la honestidad de quienes se esfuerzan por ejercerlo dignamente, ni siquiera se valora el arriesgar la vida y la de la propia familia por cumplir con la promesa de velar por este país, su gente y sus instituciones.

Sostener que todos los miembros del servicio público son incompetentes o corruptos y que no hay quien pueda tirar la primera piedra es falso y es injusto con los muchos mexicanos que día a día cumplen con su deber y lo hacen presionando sus límites. La percepción, puede estar justificada, sin embargo, es falsa.

¿Dónde están las motivaciones para ser servidor público? ¿Dónde está el reconocimiento y prestigio que puedan admirar y tratar de emular las nuevas generaciones? ¿Dónde están los filtros para que solamente esté la gente que quiere hacer la diferencia en la vida de los demás? ¿Dónde está la sociedad aportando a sus mejores personas o sus mejores alumnos?

Como sociedad civil nos mantenemos ajenos a la responsabilidad de los actos de gobierno, nos auto-relegamos como espectadores pasivos de esos “seres venidos de otra galaxia”, de otro país u otra sociedad, negando ficticiamente que esos servidores públicos son nuestros vecinos, amigos, familiares o fueron nuestros compañeros de escuela. Se nos olvidó, o nunca hemos comprendido, que la respuesta que buscamos está en la misma sociedad –que es una sola- y que se ha negado a generar esquemas para que sus mejores hombres estén donde más se necesitan. Se nos olvidó que el servicio público es contrapeso a los excesos y desviaciones de la clase que personifica el anti-servicio público.

Quien conoce honradamente el servicio público sabe lo que es vivir de su salario. Disminuirlo significaría obligar a los servidores públicos ejemplares a buscar otra actividad, inclusive a dejar el servicio público, porque justamente ese tipo de personas no considerarían como opción “empezar a robar” para cubrir su sustento. Seamos claros: quien obtiene beneficios indebidos derivados del ejercicio de su puesto puede renunciar completamente a su sueldo sin empacho alguno, porque justamente no vive de eso. No son servidores públicos baratos y mediocres los que necesita México. Son servidores públicos competentes, bien evaluados en su trabajo y pagados conforme a sus conocimientos, experiencia, resultados y grado de riesgo de sus actividades.

México necesita, como nunca antes, una revalorización del concepto de servicio público así como ejemplos que representen ese nuevo paradigma. Su reconocimiento como valor social es posible. La clave está en darnos cuenta que es un rubro fundamental de la agenda pública de cara a una nueva administración. Se trata de generar una guía constitucional y social que reposicione el servicio público, que brinde eco a los ejemplos positivos, cuidando su desarrollo y permanencia, velando porque haya más mexicanos sirviendo a su país más allá de cualquier gobierno en turno o corriente política para construir instituciones que perduren en el tiempo. Sin instituciones, nuestro país carece de futuro.

México requiere ser gobernado por un grupo de personas honestas, comprometidas, responsables y competentes a los que la propia sociedad les brinde el lugar que merezcan, conforme a sus méritos y a la obra que lideren para la construcción del país al que todos anhelamos sentirnos orgullosos de pertenecer.

Ulises Gómez Nolasco. Abogado egresado del ITAM; servidor público durante casi 18 años ininterrumpidos, con cargos en CJEF, PGR y SHCP; actualmente, es Subprocurador Fiscal Federal de Investigaciones de la Procuraduría Fiscal de la Federación.

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