¿Por qué leer El federalista hoy?

Este libro forma parte de la colección Lectura contemporánea de los clásicos, cuya finalidad es analizar la obra de destacados pensadores de la filosofía jurídica y política, y releerla a partir de los retos de las sociedades actuales. De ahí que el propósito último de este proyecto sea despertar la curiosidad por los clásicos, discutir su obra e insertarla en el debate contemporáneo, siguiendo siempre la máxima de Ítalo Calvino: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. La idea no es sacralizar autores ni convertir sus obras en repositorios de la verdad. El objetivo, por el contrario, es hacer una revisión fresca y crítica del edificio teórico y conceptual de cada obra, sin olvidar el otro gran objetivo de la colección: atender los nuevos desafíos que enfrentan las democracias modernas y, en concreto, las asignaturas pendientes de la democracia mexicana.

Esta vez nos alejamos un poco del modelo que siguen los otros volúmenes de la colección. Normalmente invitamos a especialistas a discutir la obra de un autor, sin restringir la discusión a un texto en particular. Ahora hemos hecho lo opuesto. Nuestro clásico en esta ocasión es un texto, no un autor: El Federalista. Y no sólo eso. Es además un texto que, al haberse publicado originalmente bajo un pseudónimo, desdibuja al autor. Así, en lugar de elegir un autor sin especificar un texto, ahora elegimos un texto que no especifica a su autor.

El Federalista es una colección de 85 ensayos. Excepto los últimos ocho, que se añadieron a la primera edición como libro, todos fueron publicados entre octubre de 1787 y agosto de 1788 como artículos en diarios neoyorkinos (la gran mayoría aparecieron en The Independent Journal y The New York Packet). El objetivo de Publius, el misterioso autor, era persuadir a los ciudadanos del Estado de Nueva York de ratificar el proyecto de constitución propuesto por la Convención Constituyente de Filadelfia. Alexander Hamilton y James Madison, dos de las tres plumas detrás de Publius, fueron importantes miembros de esa Convención (John Jay, el otro integrante de la terna, no fue parte del congreso constituyente, y sólo contribuyó con cinco ensayos). El Federalista es, pues, un alegato de algunos de los «padres fundadores» de la unión americana a favor del régimen político que desde entonces existe en los Estados Unidos: el gobierno representativo con separación de poderes. Pero no es cualquier alegato. Los textos que componen El Federalista son de tal profundidad, cuidado, y riqueza que ahora forman parte del canon en la historia del pensamiento político.

La pregunta «¿por qué leer hoy a El Federalista?» es a la vez más fácil y más difícil de responder que otras similares en torno a ciertos autores. Por un lado, es más fácil porque el modelo norteamericano ha sido tan emulado en otras partes, especialmente en América Latina, que la relevancia de las ideas de sus creadores es obvia. Cualquier persona que viva en un sistema presidencial tendrá mucho que aprender sobre las instituciones políticas de su país mediante una lectura de El Federalista. Pero justamente porque la relevancia de El Federalista es obvia en estos casos, y porque no se trata de un texto con un lenguaje técnico que requiera de intermediación, el reto de responder de una forma interesante a la pregunta de por qué leer esta obra es considerable.

Los tres textos que integran este volumen (ordenados alfabéticamente) enfrentan el reto con ingenio y destreza. Tras una exhaustiva reflexión histórica en torno a la Constitución de Estados Unidos y El Federalista, Juan F. González Bertomeu propone que esta obra es valiosa por tres razones centrales. En primer lugar, es tal vez el mejor ejemplo de la posibilidad de modificar nuestras instituciones políticas mediante el diseño racional. Es un testimonio de nuestra capacidad para controlar nuestro destino político, contra la idea de que las instituciones tienen una cierta inevitabilidad histórica ante la cual sólo nos queda la resignación. En segundo lugar, El Federalista aporta la valiosa idea de que la mejor estrategia para proteger los derechos de los gobernados consiste en limitar el poder. Si los gobernantes no enfrentan controles efectivos, las cartas de derechos individuales no son más que una lista de buenos deseos. Finalmente, González Bertomeu destaca que el análisis en El Federalista tiene la virtud de no modelar una utopía, un orden político ideal, sino que defiende, sin asumir premisas heroicas sobre el comportamiento humano, un proyecto constitucional imperfecto, producto de complejos acuerdos entre personas con distintas ideas y perspectivas.

Gabriel L. Negretto aborda un problema importante y poco discutido en torno a El Federalista: en ciertos contextos históricos, la doctrina constitucional que propone Publius puede contener la semilla de su propia destrucción. La idea es la siguiente. Aunque la legitimidad del proyecto constituyente de Filadelfia radicó en el derecho del pueblo a elegir su forma de gobierno —el principio de soberanía popular— los autores de El Federalista y la Constitución de Estados Unidos optaron por no regular el ejercicio de ese derecho en el texto constitucional. En efecto, la Constitución de Estados Unidos establece que sólo los poderes constituidos pueden hacer cambios constitucionales; no existe un mecanismo (constitucional) para que el soberano, el pueblo, inicie un proceso de cambio. Negretto señala que, en contextos con instituciones débiles y presidentes fuertes, como en América Latina, esta negación a regular la participación popular para cambiar la constitución conlleva un grave riesgo: deja abierta la puerta para que algunos apelen directamente al pueblo para perpetuarse en el poder, socavando la división de poderes y el respeto a los derechos individuales. Con base en este diagnóstico, Negretto defiende la necesidad de regular en la propia constitución el principio de soberanía popular.

Finalmente, Andrea Pozas-Loyo nos ofrece un novedoso análisis del sistema de frenos y contrapesos. Un objetivo central de este sistema es establecer un poder ejecutivo limitado. Sin embargo, como apunta Pozas-Loyo, es un hecho que los sistemas presidenciales de la actualidad, incluido el norteamericano, han concentrado más poder en el ejecutivo de lo que parece permitir el modelo que se defiende en El Federalista. Ante esta realidad, Pozas-Loyo identifica dos posibilidades: el sistema de pesos y contrapesos ha sido ineficaz, o el creciente poder del ejecutivo es de alguna manera compatible con ese sistema, a pesar de las apariencias. En el primer caso, debemos preguntarnos por la fuente de la ineficacia: ¿se trata de un problema de diseño en los sistemas que se han puesto en práctica, o se trata de una falla más profunda que pone un duda la viabilidad del sistema de frenos y contrapesos como tal? En el segundo caso, si fuera posible armonizar el creciente poder del ejecutivo con el sistema de frenos y contrapesos, ¿cómo deberíamos revisar o interpretar la teoría expuesta en El Federalista para tal efecto? En suma, la realidad de los sistemas presidenciales contemporáneos nos obliga a regresar a El Federalista ya sea para entender o para subsanar el funcionamiento de la relación entre poderes.

En lo que se refiere a la teoría y práctica del gobierno representativo con separación de poderes, El Federalista no es sólo un clásico, sino el clásico de clásicos. Es un privilegio reunir aquí tres excelentes textos originales sobre una obra de tal importancia por parte de tres connotados especialistas en teoría constitucional y política.

Aquí el resto del libro: Gónzalez Bertomeou, Juan; Negretto, Gabriel y Pozas-Loyo, Andrea. 2016. ¿Por qué leer El federalista hoy? México: Fontamara-INE-ITAM-ELD.

Claudio López Guerra. Investigador y profesor de tiempo completo de la División de Estudios Políticos del CIDE.

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